En 2017 empezamos a fotografiar la ciudad en la que crecimos. Sin el rigor de un proyecto, aprovechábamos nuestro tiempo libre para jugar con las calles y lo que la luz hacía con ellas. Se trataba de una tarea exploratoria, pura curiosidad que no tenía ningún fin más que el de intentar comprender nuestro tiempo. Nada más.
THAWED CITY
Unos años después, durante el encierro, volvimos a los negativos: no sólo nosotros habíamos cambiado, ahora teníamos un registro de cómo la ciudad había ido mutando. Entonces se volvió una tarea consciente: queríamos apresar esos lugares antes de su cambio, traducir la decadencia, entender nuestra propia compulsión, esa que siempre nos arrastraba inevitablemente a observar el polvo y las escaleras de caracol.
Cuando nos mudamos a Nueva York en 2022, empezamos a ver esa ciudad a la distancia: se volvió una especie de mito suspendido entre dos tiempos, un bloque de hielo derritiéndose sin nunca llegar a desaparecer. Estos lugares están vistos desde ese punto en que los lugares se vuelven sólo ideas constantes y desordenadas, meciéndose invariablemente en la memoria.